PAREDES Y ESPEJOS

January 20, 2015

escrito por Enso Arizpe

 

Todos, aun por muy reservados que seamos, hemos entablado una conversación donde exponemos nuestros problemas, puntos de vista o ideas a alguien que esté dispuesto a escucharnos. Así también, por muy herméticos que seamos, hemos puesto el hombro o hemos sido oídos para alguien en alguna ocasión.Todos, sin lugar a duda, hemos tenido relaciones con PAREDES y ESPEJOS.

 

Seguramente hay una persona a la que nos acercamos con la intensión de que nos escuche. La consideramos especial porque no emite ningún juicio; simplemente se limita a servir como el contenedor donde vertimos nuestro sentir y pensar: una pared que sólo oye nuestro soliloquio.

 

Por el otro lado, también existe ésta otra persona que evitamos ya que parece nunca poner atención a lo que decimos. Sentimos que no hace ninguna conexión emocional o empática. Es como si le habláramos a una pared fría, incluso un muro que no responde.

 

En ambos casos, lo único que estamos recibiendo es un eco de nuestra propia voz. En el primer caso, nos agrada; en el segundo es desagradable. No hay nada en la otra persona que sea propia de ella. Todo es producto de nosotros mismos. Esas paredes están vacías. Somos nosotros quienes vemos las cualidades o los defectos en ellos. Y estas características que nosotros les damos dicen más de nosotros que de ellos.

 

Ahora bien, hay un familiar o amigo que adoramos porque siempre tiene un muy buen consejo que darnos. Valoramos profundamente su opinión y juicio entorno a nuestras situaciones o dudas. Cada vez que nos acercamos a preguntarle algo, este espejo nos regresa una imagen hermosa que nos hace sentir mejor con nosotros mismos.

 

Sin embargo, también existe ese conocido o persona non grata que nos reservamos contarle cualquier cosa porque sólo obtenemos una crítica de su parte. El reflejo que recibimos nos parece severo y hostil al grado de vernos tentados en romper el espejo en mil pedacitos.

 

Aunque nos cueste trabajo aceptarlo, ya sea para bien o para mal, en ambos casos son reflejos de nuestra propia imagen. Esos espejos, al igual que las paredes, están vacíos. Los halagos o críticas que recibimos vienen de nosotros mismos. Nosotros somos quienes escogemos a las amistades que nos adulan; nosotros somos quienes apartamos a los conocidos indeseables.

 

La misma opinión cruda que caracteriza a alguien, para nosotros puede ser castrante, pero para otros puede ser enriquecedora. Una expresión zalamera puede regocijar el ego de algunos; lo mismo puede calar la vanidad de otros.

 

Lo importante aquí no es etiquetar a cada una de nuestra relaciones como paredes o espejos, sino darnos cuenta que que nosotros somos los generadores de nuestra realidad y los forjadores de nuestra auto-conciencia. La MEDITACIÓN nos ayuda a entender esto.

 

Sentarnos frente a un psicólogo, sentarnos con un café o una cerveza frente alguien o sentarnos frente a una pared de verdad, tienen el mismo objetivo: vernos y escucharnos a nosotros mismos. La diferencia es que en el último ejemplo no necesitas a nadie ni algo, sólo cinco, diez o hasta treinta minutos para contar tus exhalaciones profundas dondequiera que estés.

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